Autor
Frases célebres de Severo Ochoa
47 frases
Mi verdad básica es que todo tiempo es un ahora en expansión
En principio, la investigación necesita más cabezas que medios
Una mujer puede cambiar la trayectoria vital de un hombre.
El amor es física y química.
Se ha discutido mucho sobre cuál es la misión de la Universidad. Para mí significa básicamente la misma que, con su gran clarividencia y característica brillantez, definió Ortega hace ya más de cincuenta años. Puede resumirse en pocas palabras: la de difundir y crear cultura. De este mismo modo la vio Cajal.
Si bien nací en una calle del pueblo de Luarca cercana a la iglesia, mi consciencia de Asturias se inicia en la vecina aldea de Villar, sobre la meseta que termina en abrupto y bellísimo acantilado constantemente batido en su base por el mar.
En cuanto a la ciencia, Nueva York ofrece una impresionante variedad de seminarios y conferencias.
Yo siempre digo que todo lo que contribuya a aumentar el conocimiento humano debe hacerse, aunque no se sepa lo que puede venir detrás.
Consolarme con la muerte de Carmen me parecería una traición hacia ella.
Nos sería muy difícil a mi mujer y a mí acostumbrarnos ahora a vivir en otro lugar.
A pesar de nuestra larga residencia fuera de España, hace ya muchos años que regresamos anual o bianualmente por períodos que van de un par de semanas a un par de meses.
La ciencia siempre vale la pena porque sus descubrimientos, tarde o temprano, siempre se aplican.
Esto no quiere decir que lo pase mal, no. Viajo, escucho música, etc.
Hay científicos muy religiosos, incluso en extremo, y otros que no lo son.
Con frecuencia vamos a Asturias, a la que encontramos cada vez más bella y acogedora. (…) En Asturias tuvimos y tenemos aún familia muy querida y amigos entrañables.
Los españoles son intolerantes, quieren que los demás piensen como ellos.
Eso no me cayó del cielo, me cayó de la personalidad científica mayor que ha tenido España y una de las mayores que ha tenido el mundo, que era don Santiago Ramón y Cajal, y por las lecturas de sus obras.
Allí es donde veraneábamos desde que tengo uso de razón. Al sur, la montaña, suave, con todos los tonos de verde imaginables; al norte, el mar Cantábrico, tranquilo a azul en ocasiones, más a menudo gris, negruzco y amenazador.
Me he acostumbrado a seguir viviendo porque soy demasiado cobarde para quitarme de en medio.
Mi mujer, Carmen Cobián, también es asturiana, gijonesa. Nos casamos, en asturiano castizo, en la gruta de Covadonga.
Yo estuve locamente enamorado de Carmen toda la vida.
Hay una investigación de defensa, lo que en Estados Unidos se llama clasificada, es decir, secreta.
Mis primeros recuerdos son de Asturias, concretamente de Gijón y Luarca.
Ninguna ciudad puede ofrecer tanto en cada faceta de la vida cultural e intelectual.
Yo no creo en lo sobrenatural.
Ya no trabajo, pero hablo mucho con científicos jóvenes, les aconsejo si hace falta.
El tiempo está ocupado. Pero no tengo interés por la vida.
Ahora bien, cuando uno está investigando no piensa mucho si la aplicación de sus descubrimientos puede ser peligrosa.
En Gijón, durante el invierno, iba al colegio, en Luarca pasaba el verano.
Naturalmente, debe intentar impedirse la utilización de aquello que puede ser perjudicial para la humanidad.
Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe.
Yo no busco el consuelo fácil. Prefiero no tener consuelo.
Cada vez que contesto negativamente a una pregunta de este tipo recibo un montón de cartas intentando convencerme de que estoy equivocado.
Mi mujer era creyente, yo no; pero siempre vivimos muy felices, respetándonos nuestras ideas.
Al principio, cuando teníamos más energías, no nos perdíamos ninguna exposición importante.
Allí comencé a leer trabajos originales de investigación en una revista francesa, el Journal de Physiologie et Pathologie Génerale, al que me había suscrito cuando estudiaba el segundo año de medicina.
A pesar de las dificultades inherentes a la vida en las grandes ciudades, no me arrepiento de ello.
Y ahora la vida sin ella no es vida.
En estos momentos, cuando la literatura científica ha crecido tanto que es imposible mantenerse al día del progreso, incluso en su propio campo, los seminarios, conferencias y otro tipo de reuniones son esenciales para estar informado.
Primero el hombre aprende en la vida a andar y a hablar. Más tarde, a sentarse tranquilo y mantener la boca cerrada.
Carmen, la misa…
Eso ocurre en muchos países. Aunque no creo que en esos lugares trabaje nadie obligado, porque a un científico no se le puede obligar a hacer lo que no quiere. Pero sí hay personas a las que se les pide esa dedicación con chantajes morales... Y cuando el llamado patriotismo anda detrás mal asunto…
Desde luego que el científico tiene que tener planteamientos éticos.
Yo creo que quienes colaboran conscientemente para desarrollar algo con fines destructivos, como ocurrió con la bomba atómica, son condenables.
He vivido en Nueva York la mitad de mi vida.
A menudo visitamos no solo los museos, sino también las galerías de arte de la ciudad. Más aún, rara vez nos perdíamos un recital de música de cámara, una obra de teatro o un concierto sinfónico o coral.
Yo creo que somos eso, y nada más, física y química.